Rodeado de secretos y cobardía
De entre todos los reinos que yacen bajo los cielos sin fin, me ha correspondido el más salvaje. La mitad de mis dominios están cubiertos de enredaderas; cada raíz y cada roca conspiran contra mi poder.
Mis hombres carecen del valor necesario para someter a las viejas ruinas. Una trampa en una tumba anegada basta para hacerlos huir como alimañas. Ninguno se atreve a levantar el martillo contra los templos, a pulverizarlos para que el orden renazca. Tal vez sea más prudente marchar al este, pues las montañas no guardan recuerdos.
Entretanto, mis amados hermanos me han llamado al baile anual, esa tediosa pantomima de cortesía que me obliga a abandonar mi trono. ¿No son conscientes del peligro? Mis fronteras son lo único que separa este mundo de los dioses tramposos. Quizá su invitación sea otra trampa, otra tumba donde ahogarme...
Qué pensamiento tan necio. Son las enredaderas las que me susurran locuras. Asistiré, como exige el deber, y los convenceré de alzar balistas, no "santuarios nocturnos". Es inútil ofrecer sabiduría a quienes no escuchan. Mi linaje se ha ablandado, seducido por el hermetismo de los Antiguos.
Debo reposar. Antes del alba recibiré a un nómada que ha logrado infiltrarse en mi corte. Afirma portar un presente venido del más allá. Le escucharé. Promete distraerme.
- Lord Vorgoth, Guardia del Norte
Hoy he pasado un día de lo más fascinante
El nómada llegó el día 49 del mediaño del 492 E. A., tal como había prometido; una ráfaga de vientos helados lo seguía. Al entrar en mi salón del trono, una neblina inquietante quedó suspendida allí donde pisaba.
Su rostro iba cubierto, ocultando una enfermedad espantosa, un mal que jamás había visto. Su carne era pálida, con un tinte azulado; su rostro asimétrico, como si hubiera sufrido una parálisis hace años... o como si hubiera sido ensamblado, no nacido. Qué criatura tan lamentable.
Sus manos delgadas sostenían un frasco azul brillante que relucía bajo la luz de las velas. Lo llamó "arma". Un secreto que ocultaron los Antiguos.
No tuvo que decir más; yo ya sabía que los embusteros solo revelan lo que desean.
Tomé el frasco y bebí el misterio que contenía. El polvo en suspensión empezó a girar en los bordes de mi visión. La niebla se alzó a mi alrededor, envolviendo cada respiración... Se deslizó dentro de mí, alcanzó mi corazón, mi cráneo, y se asentó tras mis ojos. Tiraba de mí. Tiraba hacia arriba, hacia mis párpados, hasta que mis pies se separaron de la alfombra del palacio.
Levité. Floté sobre las ruinas, sobre las alimañas, los cobardes, los mentirosos.
Cuando volví a pisar la tierra, el nómada me sonrió. Me había otorgado tanto los medios como los motivos para atacar.
Mis manos aún tiemblan, pero debo empuñar con fuerza mi espada.
- Lord Vorgoth, Guardia del Norte, gobernante de Rimgard
A regañadientes, me uní a la reunión familiar
Qué empresa tan trivial, ahora que he probado la eternidad; pero no acudí sin un plan, ni sin un argumento convincente.
Solo una gota del elixir para endulzar el vino. Eso bastó para que Gormander, ese viejo necio, convocara a sus consejeros y a sus ingenieros. Puede que al principio le desaconsejen construir pozos de elixir, pero sus palabras se marchitarán pronto.
A Jezmina, en cambio, solo pude hacerla callar con un revés veloz. Esa mocosa aún cree que los Antiguos tenían buenos motivos para ocultar semejante poder... Un contratista privado se encargará de los pozos si ella no colabora. Cuando sus sollozos sustituyeron a su parloteo, la obligué a abrir los ojos y le conté la verdad entre mentiras.
¡Los Antiguos nos lo ocultaron!
¡Son serpientes dormidas, y todos menos yo temen despertarlas! ¡Cobardes; eso es lo que son! ¡Ratas ante dragones disfrazados!
Estamos en lo cierto al defendernos. Cavad un poco más hondo... ¿Qué más se esconde en el subsuelo?
¿Revelará la tierra sus secretos si le abrimos la lengua, la partimos y la dejamos sangrar?
Solo confío en la niebla bajo la capucha del nómada, en el espasmo de su sombra, en el bostezo de sus cien bocas.
Él puede hacer que renazcamos.
Que levitemos.
Puede convertir a ratones en hombres.
- Lord Vorgoth, Guardia del Norte
Hoy conocí al arquitecto de los pozos de elixir
Quizá "arquitecto" sea un término demasiado grandioso; al fin y al cabo, los planos fueron obra del viajero. Los ingenieros y constructores solo tienen que seguir las órdenes.
La estructura monolítica es doble: se extiende tanto hacia el sol poniente como hacia el núcleo dormido. Una corona hueca se alza en lo alto, destinada a aprisionar en su interior la luz de la luna moribunda. Su sombra es tan negra como su piedra.
Desde abajo asciende la niebla legendaria. La mayoría no la ve, o finge no hacerlo. Cuando la mencioné, los obreros enmudecieron. El "arquitecto" murmuró algo, sin mirarme.... Su cabeza inclinada desmintió sus palabras. Me toma por un loco.
Entonces, el nómada apareció a mi derecha y habló para romper el silencio:
"Un poco de niebla es de esperar. No causará daño. De hecho, podría ser un buen presagio". Sus palabras resuenan en mi mente. Podría ser un buen presagio.
Sí, quizá nos guíe, y a nuestras manos temblorosas...
Siempre temblando, dejando huellas: huellas de una sombra espectral que vibra en el aire.
Un espectro atado a su propia estela, siguiéndola, hilando un cuadro de azul desvanecido.
Con los párpados atraídos por la luna...
Distinguiendo verdad y mentira, una espiral flotante del pasado,
del presente, del futuro... y de la eternidad.
Podría ser un buen presagio.
- Lord Vorgoth, Guardia del Norte, gobernante de Rimgard
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